"Hablar del camino de Santiago es como hablar de un sueño antes de dormirse. Como la estela invisible que dejan las bandadas de pájaros cuando vuelan lentamente hacia lugares cálidos; un camino cósmico creado por la imaginación para llegar al final de todos los caminos.
Fue al despertar del primer sueño, en la noche de los recuerdos, cuando unos pescadores encontraron un extraño cajón al borde del mar, recubierto de conchas y envuelto en un resplandor deslumbrante.
El hecho conmovió la atención de curiosos y eruditos hasta que, definitivamente, el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, anunció oficialmente el hallazgo. Se trataba de los restos de Jesucristo, Santiago el Mayor, hijo de Zabedeo y María Salomé, natural de una aldea cercana al lago Tiberiadies y consagrado a difundir las enseñanzas del Maestro por el mundo. Su sepulcro había arribado milagrosamente a las costas gallegas.
En esos momentos, el mundo espiritual se tambaleaba ante el encuentro del cristianismo con los pueblos islámicos de Oriente. La amenaza era constante; fronteras y pueblos iban rindiendo tierras y esperanzas a los portadores del estandarte con la media luna. Hasta que surge, de las tinieblas de la Historia y la magia de las leyendas, la luz que desde hace mil años mantiene iluminado el Camino más grande de todos los tiempos. El fenómeno produce un decisivo impacto en el mundo occidental, especialmente en los siglos XI y XII, momento en que el camino francés hacia la tumba del Santo permitió que se llevaran a cabo las realizaciones más importantes. Desde la Borgoña francesa, la poderosa Abadía de Cluny estimuló y fomentó la peregrinación a Santiago, fundado durante la Edad Media prioratos, hospitales y templos a lo largo de toda la ruta jacobea.
Venían peregrinos de muy lejos para escuchar las enseñanzas de las piedras, acompañar a las imágenes sagradas y orar en silencio entre las columnas de los santuarios.
En otros viajes por el mundo he visto a muchos peregrinos y santones de otras religiones, y siempre es la misma historia; sean budistas o musulmanes, cristianos o animistas, que den siete vueltas a la Meca, crucen un país como India para llegar a Madrás, Varanasi o Vashist, o hinquen sus rodillas frente a imágenes de piedra o delante de una puesta de sol; todos intentan llenar el vacío interior que produce una vida material; todos buscan la llave de la felicidad y la armonía entre los sentidos y la naturaleza que los ha creado; todos desean comprender por qué sienten esa fuerza extraña que les llama desde las alturas celestes y les hace recorrer todos los caminos que encuentra su imaginación.
La ruta jacobea ha sido recorrida por peregrinos de todas las religiones y condiciones sociales; por grandes y chicos, jóvenes y viejos. En el camino se expresan los cambios y el desarrollo estructural de la expansión del cristianismo en Europa. Ha sido la puerta hacia el resto del mundo, donde se han realizado las más grandiosas construcciones artísticas de toda la civilización. Es la senda del conocimiento que sirve para cultivar el espíritu y engrandecer al ser humano.
En el camino, la lluvia se convertirá en riego, llenará tus venas de sangre fresca, hará brotar tallos nuevos repletos de vida; el viento te cargará de energía y potencia, como si fueras aspa de molino; el sol calentará tu espíritu inundándote en vitalidad y esperanza, haciendo del camino la senda de la iluminación; el frío conservará tu energía y mantendrá tu mente centrada en su destino; los elementos te harán sentirte desnudo, frágil e indefenso ante los ojos de la naturaleza, pero ellos mismos te enseñarán a alimentarte del aire, del agua, del vuelo del azor, del sonido de las hojas posándose en el suelo, del árbol majestuoso, de la montaña impasible allá, en el horizonte; ellos mismos te darán alimento y refugio.
Todavía más allá. Esta idea, este concepto, aparecerá siempre ante ti cada vez que te preguntes si Santiago es la meta. Es un fin y un principio, es una ley sencilla de la vida; cuando algo se va, deja sitio para lo que venga.
Recorrerás diferentes paisajes, oirás diferentes lenguas, respirarás distintos olores, y todos y cada uno de ellos representaran un denominador común: tú ante ti, ante tu ilusión y penitencia, ante tu promesa y reto, tu iniciación, aprendizaje y superación, ante el sentido de la vida, ante la razón de ser y existir. Nadie te preguntara porqué vas y qué quiere encontrar, si crees en Dios o en Alá; nadie desconfiará de tu buena fe, nadie se reirá de ti, respetaran tu silencio y te acogerán como un amigo. Este fenómeno único en el mundo es digno de ser vivido, al menos una vez.
Conocerás otros peregrinos, se formarán lazos de unión y hermanamiento, te sentirás igual por haber culminado un camino de trato alegre, fácil y lleno de amistad, quizá porque todos hemos aprendido el lenguaje lento y sabio de esos lugares mágicos por los que pasarás; Santiago te hará sentir algo nuevo que enriquecerá tu espíritu; serás diferente y te sentirás más cerca de la verdad.
Cuando por fin tengas ante ti la razón por la que has luchado contra el viento, la lluvia, el sol y las cuestas, todo te parecerá como si hubiera sido un sueño profundo, sin apenas recordar los sinsabores ni las alegrías pasadas, como si la ruta jacobea fuese la pista de despegue hacia otra forma de ver la vida, un buen complemento a la personalidad de cada uno que te guiará y te ayudará en el viaje hacia la sabiduría; un viaje ULTREIA, un viaje sin final."
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